EL AGORA
No somos iguales ante la ley
JOAN FONT ROSSELLO
Ya va siendo hora de hacer
justicia a las víctimas de la dictadura progrecatalanista del
Pacte de Progrés. Me refiero concretamente a Rafael Company,
el propietario de Radio Marratxí. La polémica suscitada
por el catalanismo en torno a SomRadio me ha llevado, circunstancias
de la vida, a un estudio comparativo entre los casos de SomRadio y Radio
Marratxí. La escenificación victimista de unas gentes
a las que, como bien le recordé a la consellera pesemera Bujosa
en el debate del Consell, bien merecen la genial máxima de La
Rochefoucauld: «Es tan fácil engañarse a uno mismo
sin darse cuenta como difícil engañar a los demás
sin que se den cuenta» (mala fe acompañada de escaso sentido
del ridículo, por tanto) ha servido para percatarme de la desproporción
en el trato de la Administración del Pacte de Progrés
a las dos emisoras en cuestión. Examinados ambos expedientes,
la analogía de ambas situaciones es evidente: dos emisoras ilegales
denunciadas. Dos emisoras sin título habilitante de frecuencia
autorizada (si bien Radio Marratxí ocupaba la provisional concedida
al municipio de Marratxí). Y con denuncias en ambos casos por
no tener dicha concesión administrativa (o sea, ni proyecto aprobado
ni espectro radioléctrico autorizado por el Ministerio). La Asociación
Española de Radiodifusión Comercial (denuncia que no he
encontrado en el expediente, por lo que me remito a las declaraciones
del anterior director general de Ciencia y Tecnología del Pacto
Carles Bona en el diario EL MUNDO) contra Radio Marratxí de Rafael
Company. Y la misma Asociación Española de Radiodifusión
Comercial y el propio Company (en dos ocasiones) contra SomRadio.
Como decía, pues, dos emisoras ilegales denunciadas. ¿Cómo
actúa el socialista Carles Bona ante las dos situaciones?. Los
expedientes no dejan lugar a dudas. Por una parte, cierre de Radio Marratxí
e implacable persecución de su promotor Rafael Company, al que
se le sanciona nada menos que con 37.5 millones de pesetas de multa.
Por la otra parte, permisividad ante la continuación de la emisión
ilegal de SomRadio, pese a las tres denuncias referidas, además
de, ¡ojo!, amago de persecución contra el denunciante Rafael
Company por haberse atrevido a acusar al Govern de «presunta prevaricación»
en su denuncia, indicios por otro lado confirmados en un documento firmado
por el mismo Bona en el que, tras reconocer la irregularidad de las
emisiones de SomRadio en frecuencias no autorizadas, desestima abrir
expediente sancionador e insta a emprender acciones contra el propio
R. Company. Ver para creer.
Lo que me ha dejado estupefacto no es ya el trato distinto dispensado
a unos y a otros (como decía Romero Robledo, «para los
amigos, el favor; para los enemigos, basta con la ley») sino la
saña y la mala sangre en la persecución de Rafael Company,
por infringir la ley primero y por atreverse a denunciar la misma infracción
de otros.
Distinto rasero que pone de manifiesto claros indicios de prevaricación
y abuso de poder, cuando menos, amén de dejar bien a las claras
las cuatro razones, del todo políticas, por las que Bona cerró
Radio Marratxí: que tenía una considerable audiencia (para
un socialista, tener éxito equivale a «ser privilegiado»
y por tanto susceptible de ser perseguido), que era privada y comercial
(egoísta e individualista, pecaminosa por tanto), que era mallorquinista
(no sometida a los dictados del catalanismo oficial) y que iba por libre
(independiente, pecado mortal para los intervencionistas socialistas).
Pecados que evidentemente no cometía la políticamente
correcta SomRadio, de sumisa y complaciente obediencia, y que, al contrario
de Radio Marratxí, hacía de la necesidad virtud.
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