LA PLUMA
El doble rasero de los «antenicidas»
ANTONIO ALEMANY
No sé quién
es este director general de Telecomunicaciones que se llama Carlos Bona,
un catalán que, de repente, ha aparecido, de forma inquietante,
en nuestro panorama político. Digo de forma «inquietante»
por su asombroso parecido con Lenin —parecido que, probablemente,
cultiva con significativa delectación— y porque el parecido
físico conecta con el parecido de alguno de los comportamientos
del tristemente famoso pájaro soviético. Bona es uno de
los responsables del ignominioso antenicidio de Ràdio Marratxí,
que tuvo al PSM como inspirador y al PSOE de la conselleria de Villalonga
y Bona como brazos ejecutores. Supongo que nuestro Lenin, ante la incómoda
libertad de expresión que representaba la radio asesinada, se
debió preguntar, como su sosias, «Libertad ¿para
qué?». E instó el único cierre de un medio
de comunicación habido en la democracia. Este oprobio perseguirá
toda la vida al grupo de antenicidas integrado por Antich, Sampol, Pons,
Bayona, Garcías, Villalonga y Bona.
Para comprender la vileza del antenicidio perpetrado contra Ràdio
Marratxí basta contemplar, ahora mismo, lo que está ocurriendo
con la Televisión de Calvià. Nájera se ha puesto
por montera todas las legalidades, limitaciones y prescripciones en
la materia, como hacen por lo demás la casi totalidad de radios
y televisiones baleares. Sin embargo, el caso de la televisión
de Nájera es especialmente interesante por dos motivos: porque,
con su cobertura insular, viene a constituirse en una televisión
de ámbito autonómico y porque el rasero que aplican la
banda de los antenicidas es, sencillamente, escandaloso. Está
claro que estamos ante una televisión autonómica de hecho,
que aparece ocho meses antes de las elecciones y que se pondrá
al servicio del PSOE en todos los ámbitos, municipales y autonómicos.
Y que no costará un duro a los socialistas, sino a los contribuyentes
de Calvià y, por vías indirectas, también a los
contribuyentes de todas las Islas. Calvià cumple de nuevo su
condición de perla de la corona socialista y no sólo de
la corona socialista balear, sino de la nacional.
Obsérvese que la nueva televisión calvianera de ámbito
insular completa el total y monopolístico dominio televisivo
de la izquierda con la M7 de UH y el Canal 4, uno de los mayores escandalosos
cambio de chaqueta vistos jamás y del que habrá que hablar
más en profundidad. Como el centro-derecha, desde Cañellas,
cree más en la eficacia de los arroces bruts que en los medios
de comunicación, su indefensión mediática es patética.
Nájera —que ya protagonizó aquella Operación
Maquiavelo, en plena vigencia por lo demás, destinada a conformar
un censo electoral favorable al PSOE— está rindiendo un
nuevo servicio a su partido. En Lenin, junto con el Govern, dice «no
ver con buenos ojos» la aventura televisiva de Nájera.
¡Serán barruts! Si no fueran los inspiradores, amparadores
y beneficiarios de la televisión calvianera devenida televisión
autonómica, lo tienen muy fácil: que los antenicidas apliquen
el mismo rasero que aplicaron a Ràdio Marratxí, cierren
la emisora de Nájera, le impongan una fuerte multa —a Nájera,
no al ayuntamiento— y, de paso, analicen las legalidades de las
dos televisiones actuantes y de la mayoría de emisoras de radio.
Porque lo que está ocurriendo en esta autonomía es es
una de las más odiosas prácticas: la arbitrariedad, esta
arbitrariedad que prohíbe expresamente nuestra Constitución
a la Administración pública y que consiste en utilizar
distintos raseros para las mismas situaciones. Desde que han llegado
socialistas, pesemeros y comunistas al Govern, la arbitrariedad no es
que esté prohibida, sino que rige con esplendor y como uno de
los ejes centrales del Pacto de Progreso. Y si alguien lo duda, ahí
está lo que ha ocurrido con Ràdio Marratxí y lo
que no ha ocurrido con el resto de emisoras amigas, empezando por la
televisión de Calvià.
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