Opinión
Ràdio Marratxí y la legalidad
ANTONIO ALEMANY
Este periódico publicaba
el pasado sábado un comentario editorial sobre el cierre de Ràdio
Marratxí en el que, tras lamentar el cierre de una emisora, decía
que la ley es la ley, que debe ser cumplida y que Ràdio Marratxí
estaba en la ilegalidad y, en consecuencia, no podía ser presentada
como una víctima de la libertad de expresión. Me gustaría
poder responder a este planteamiento, y no sólo por razones de
profunda discrepancia con sus contenidos, sino porque, a mi juicio,
en la afirmación que hace el periódico está, por
un lado, la coartada legitimadora de un impresentable cierre y, por
el otro, la auténtica cuestión de fondo que afecta muy
en serio a la libertad de expresión en su parcela radiofónica.
El cierre de Ràdio Marratxí no debe ser enfocado en términos
de legalidad, sino de libertad de expresión. La «legalidad»
en la materia es tan lamentable, tan violentadora de libertades básicas
y tan poco convincente que, hasta el presente, nadie se la ha tomado
en serio como ocurre siempre con las malas leyes. No se la han tomado
en serio ni la Administración ni los propios jueces. Miles de
emisoras han permanecido, y permanecen, en la «alegalidad»,
que es un eufemismo para no decir «ilegalidad», pero que
resulta absolutamente pertinente en este caso. Cientos de televisiones,
incluidas las de Baleares (todas), han transmitido y transmiten desde
la más absoluta de las ilegalidades. Y, prácticamente
todas las emisoras de radio -y cuando digo todas quiero decir, tal vez
con una o dos excepciones, «todas»-, infringen la legalidad
vigente. De forma escandalosa, pública y notoria. Nadie las ha
multado y nadie las ha clausurado.
Con ello quiero subrayar dos cosas. Primera, que el incumplimiento sistemático
y generalizado de la legalidad y la falta de celo administrativo y judicial
en aplicarla demuestra que hay algo ahí que chirría y
que choca frontalmente con valores superiores de nuestro sistema democrático,
generándose una gran incomodidad entre los teóricos garantes
de la legalidad. Lo que chirría es que, en materia radiofónica
y televisiva, la libertad está lamentablemente intervenida y
reglamentada, a través de un sistema de cuotas y de reparto del
pastel, cosa que no ocurre con la prensa. Ignoro por qué extraña
razón no puede montar una emisora de radio o de televisión
a quien le venga en gana, tal y como puede hacerlo para montar una empresa
periodística. El papel de la Administración debe reducirse
al reparto de las frecuencias y a ordenar el espacio radiofónico
y punto. Nada más. Lo que está ocurriendo ahora es un
serio y grave atentado a la libertad de expresión, coartada en
radio y en televisión a través de la limitación
de crear empresas. Por esto los políticos decentes y los jueces
escrupulosos ponen orejas de cónsul antes las frecuentes denuncias
que se producen en la materia. Y por esto no entiendo que un partido
como el PSOE haya protagonizado, instigado y animado este impresentable
cierre, por muy fuertes que fueran las presiones de los fanáticos
del PSM y del resto de las emisoras.
En segundo lugar, Ràdio Marratxí sí es una víctima
típica de la libertad de expresión, por un lado, y de
la incompetencia de las otras emisoras denunciantes, por el otro. Si
la radio de Rafael Company no hubiera sido una voz independiente, indomable,
mallorquina e incómoda, el Govern no hubiera movido un dedo.
Es una clara y ostentosa víctima de la libertad de expresión.
Y si Ràdio Marratxí no hubiera alcanzado los niveles de
audiencia que ha alcanzado, no hubiera superado a las demás emisoras
y no hubiera tenido la cartera publicitaria que tenía, el resto
de las emisoras no hubieran instado su cierre que es la forma más
cómoda de suprimir a un competidor. Con todos los respetos, me
parece profesionalmente indigno el comportamiento de las emisoras.
Por último dos sugerencias a Rafael Company. Para levantar el
cierre cautelar yo exploraría este principio de nuestra Constitución
que se llama «interdicción de arbitrariedad» y que
consiste, como dice Garrido Falla, «en tratar desigualmente situaciones
iguales o viceversa». Y, para más adelante, exploraría
el delito de prevaricación, no porque hayan clausurado la emisora,
sino porque no hayan clausurado otras emisoras en igual o parecida situación.
Dicho con otras palabras, o todos moros o todos cristianos.
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